lunes, 2 de febrero de 2009

A llorar a la iglesia

Salió a la cancha con su mejor pilcha. La camiseta por dentro del pantalón, la cinta de capitán y el pelo mojado, estilo Redondo.
El estadio era un mundo de gente. Todos esperaban por una obra épica de su autoría. Saludo fair-play y mirada fija en sus rivales. Manos estrechadas con ellos, uno a uno, fue pasando y acercándose hacia el pitazo inicial.

Cuando el refe puso la pelota sobre el círculo central, agachó la cabeza, tiró un rezo cortito, persignada y a jugar. ¡Ah!, me olvidaba: antes, había mirado el arco rival. Su objetivo; el de todo goleador. Allí estaba la gloria.

Volvió a acomodarse la camiseta por dentro del pantalón, y fue entonces cuando puso en juego todo lo que le quedaba. Poco o mucho, todo lo que llevaba dentro.

Desde el minuto uno, el gol le presumió, como una joven secundaria lo hace el primer día de clases. Así fue pasando el tiempo. Cada vez más cerca estaba. El palo derecho dos veces, el travesaño una, un gol anulado por el lain-man y un offside, le negaron el gol.

Tan cerca estaba que, pese a tan mala suerte, mantenía el típico optimismo de gol. Era como aquel enamorado que recurre a cualquier argumento para conquistar a su amada. Y ésa amada, la pelota, parecía muy feliz con él. Sí, otra vez la comparación me lleva a aquella enamorada que sonríe cuando está con su amado. Y él, obvio, estaba feliz cuando la tenía. Pese al "no gol", él seguía intentándolo. Era cuestión de tiempo. Y era su último partido. Quería despedirse a lo grande. Pero... Seguía errando.
Hasta que llegó el minuto 93. Un amague, seguido de un autopase, lo dejó solo frente al arco. El arquero salió y él definió a lo grande. Como pasaba en "Supercampeones", la milésima de segudos se hicieron horas. Aquel abrazo con el que soñó se estaba haciendo realidad centímetro a centímetro. La red estaba más cerca...
Pero más cerca estuvo el palo que le pusieron ahí. Sí, como dice Alejandro Fabri, "alguien le puso ese palo ahí" y también un freno a su ilusión. "El beso de su amada" (o la que al menos creía su amada) no fue tal. Se agarró la cabeza, estrujó su lacio pelo entre sus manos y lloró por tan magra despedida.

Era un niño que había perdido todo. Lo poco que tenía, lo perdió en esa desafortunada jugada que, otra vez, le hizo recordar a aquel amor que lo desvelaba.

Para colmo, lo sacan y, segundos después, se cumple la odiada ley que dice "goles que no se hacen en el arco del frente, se sufren en el propio". ¿Resultado final? 0 - 1. Despedida para el olvido. Gol jamás convertido. Y amor nunca alcanzado.

A llorar a la iglesia.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

no se me lo ponga así papilo, la vida siempre da una segunda oportunidad, sólo es cuestión de huevos, paciencia y no desesperarse. te quiero!

Disco Stu (Juan Rovira) dijo...

Alta relato, compadre. A si estilo. Y como djiste: "a llorar a la iglesia".

BaDiHa dijo...

ehhh buen relato. Gusta.

"Desde el minuto uno, el gol le presumió, como una joven secundaria lo hace el primer día de clases"

sencillo, claro y con sentimiento! ¿Qué más le falta? el gol para la proxima!

Besos

Roque Dupuy dijo...

el gol??? era el partido despedida.
ya colgo los botines.
Será en la otra vida!