martes, 16 de junio de 2009

Traje triste

Las manos en el volante, firmes, no saben de un destino concreto. Por inercia, nuestro protagonista conduce sin saber dónde ir. Sabe que tiene que llegar hasta el final, pero ignora el cómo.


A lo largo del camino, sus Goodyear han pasado por sobre diversas superficies. Muchas de ellas son recuerdos increíbles, donde el paisaje se dejaba ver y transmitía una sensación parecida a la felicidad eterna. Pero -según dicen los que saben- "la felicidad es un estado de ánimo, esfímero, fugaz". Por eso hay que disfrutarlo. Y así lo hizo él: a cada metro sonriente, él ofrecía un guiño cómplice, amigo y nostálgico, porque sabía que ése ratito de felicidad pronto terminaría. Lo bueno de todo esto es que nuestro protagonista siempre tuvo la decisión de cuál estado de ánimo lucir para el día de la fecha.


Una vez, un bondy frío de Flecha Bus lo llevó a la que llaman la "Gran Ciudad". Allí todo va rápido. Él, atónito, se dedicaba a mirar, pero muy poco podía entender. La velocidad de los hechos eran demasiado para este tucumano que ama los días de sol, fresquitos, en su otoñal Jardín de la República natal.


Edificios, semáforos, autos por doquier, luces, carteles publicitarios y mucha pero mucha gente lo rodeba. Él miraba. Pasó dos días aclimatándose para lo que sería "el momento de su vida". Logró acostumbrarse y, cuando llegó el día -"su día"-, todo lo aprendido hasta ése momento se perdió.


Vio una mole de cemento azul y amarillo y se quebró. Lágrimas de felicidad invadieron sus ojos y uno de sus compañeros de ruta le ofreció su mano para tranquilizarlo.


Fue -sin lugar a dudas- el momento súblime. Todo lo superó. Miles de escalones ante sus ojos llenaron sus vidriosos ojos. Como un niño, lloró sin poder entender lo que sucedía. Todo lo que la historia Xeneize había escrito en esa verde alfombra se pasó ante su mirada. Seguía llorando. Era felicidad.


De la "Gran Ciudad" regresó al norte. "Otra vez, volver a la realidad", pensó. Y sí, en algún momento los sueños ya cumplidos quedan atrás y es hora de seguir trabajando. Trabajar para mejorar su calidad de vida, ésa por la que camina sin saber dónde va.


Llegó a su querido Tucumán y lo que había sido un "rato corto feliz", de vez en cuando -cuando él lo decide-, se convierte en un "rato corto triste". Corre por el Parque 9 de Julio viendo los postes de luz pasar y sin entender cuál es su misión en la vida. Continúa, piensa, aminora la marcha, sonríe por algun grato recuerdo con la niña que conoció hace apenas unas semanas, mueca de alegría y a seguir acelerando se dijo.


"Cuando corrés -dice- es inevitable no recordar todo, lo bueno y lo malo". Hoy eligió recordar lo malo, para entender qué debe mejorar para seguir al trotecito. Encuentra miles de errores y de actos equivocados, pero ya nada puede hacer para volver el tiempo atrás. Porque, como su trote, la vida continúa delante de sus pies y los malos momentos son recuerdos que él prefiere recordar.


Hay tristeza. Piensa de nuevo en esa petiza que le arrancó más de una sonrisa y la velocidad de sus pies se incrementa aún más. Está cansado, pero debe seguir. Bien o mal, el trayecto continúa y, como alguna canción reza, "no importa llegar, importa el camino".


Sigue sostenido del volante. Pensando va. Al "tun tún" pasa los "ratos cortos tristes" y, de la misma manera, los "ratos cortos felices" atraviesan su vida.


Terminó de escribir y sigue sin encontrar la respuesta. Al menos, sabe que él tiene la decisión de qué estado de ánimo lucir el día de la fecha. Hoy eligió el traje triste. No le queda muy bien, pero es lo que quiere usar.